LA CARTA SÉPTIMA: UNA POSTURA FILOSÓFICA

Carlos Alberto Aguirre Betancur

La carta séptima se ha vuelto un referente autobiográfico importante para conocer un poco acerca de la vida de Platón, donde expone además de algunas de sus ideas, algunos acontecimientos históricos que sucedieron alrededor de las tiranías que gobernaron en Siracusa. Fue escrita aproximadamente en el 353 a. C., cuando el filósofo tenía setenta y cinco años. Platón la dirige a los parientes y amigos de Dión. Comienza recordando su primer viaje a Siracusa entre el 388 y 387 a. C. Con apenas cuarenta años se desplazó hasta Sicilia para ayudar al tirano Dionisio I a mejorar las leyes de la ciudad. Una vez allí trabó amistad con el joven Dión, de apenas veinte años, cuñado de Dionisio y con un gran interés y aptitud para la filosofía. Esta amistad continuó hasta la muerte de Dión, treinta y tres años más tarde. A su regreso a Atenas, Platón fundó la Academia. En los 20 años siguientes Dionisio I consolidó su dominio en Sicilia e Italia. Dionisio I dejó como sucesor a su hijo  Dionisio II, que se dejaba aconsejar por su tío Dión. Este convenció a Platón para que realizara su segundo viaje a Siracusa (367 a. C.). Tanto la ciudadanía como el propio Dionisio II vieron con malos ojos las costumbres que intentaban imponer Dión y Platón. Dión terminó desterrado y Platón tuvo que abandonar Sicilia. Más tarde, Dionisio II volvió a llamar a Platón pues quería convertir su ciudad en un gran centro de erudición humanística. A pesar de ser consciente de que el viaje podía ser un fracaso, Platón inició su tercer peregrinaje (361 a. C.- 360 a. C.) con la esperanza de poder interceder por Dión. El viaje fue un fracaso: Dionisio II confiscó las propiedades de Dión y Platón terminó preso en palacio. Lo salvó la intermediación de su amigo Arquitas de Tarento. Dión decidió rebelarse contra Dionisio II y, aunque en un principio, consiguió apoderarse de la ciudad gracias al apoyo popular, finalmente fue asesinado por dos atenienses que había considerado amigos, Calipo y su hermano. Los amigos y partidarios de Dión se refugiaron en Leontinos y terminaron por recuperar Siracusa. Sin embargo, el resto de Sicilia estaba en guerra civil, los amigos de Dión que dominaban Siracusa murieron al poco tiempo y, en Leontinos, el tirano Hicetas exterminó a todos los miembros de su familia.

Las tristes noticias que llegaban de Sicilia generaron en Platón profundas reflexiones y cuestionamientos en los últimos años de su vida.

A continuación, se presenta una reflexión sobre un texto tan antiguo, como actual en los diferentes temas que trata. En él, es para destacar, la posición que da Platón a la filosofía, como instauradora de un orden, en la medida que los hombres lo persigan, cultiven la sabiduría y sea ella la primera huésped al interior de cada uno. Es así, como se vuelve una compañera inseparable, y una vez con nosotros no deberíamos dejarla ir, si apreciamos su verdadero valor. Dicho valor radica en la búsqueda de la realización individual y en cómo esta se debería ver reflejada en la sociedad, a través de la política como la realización social.

Platón nos deja entrever primeramente su preocupación de que la filosofía pueda ejercer una influencia positiva en aquellos hombres que gobiernan las ciudades, con la finalidad de que a través de la filosofía, la política se consolide.

Habiendo escuchado y vivido las experiencias decepcionantes de diferentes formas de gobierno, entre las que se destacan oligarquías, democracias y tiranías, Platón llega a la conclusión de que los estados que observaba estaban mal gobernados.

A pesar de esta constatación, es de resaltar en esta carta séptima, el optimismo y la fe que Platón deposita en el hombre y la alta estima que le da a la amistad, para emprender la conquista de los más nobles ideales.

Deja Platón todas sus cosas en Atenas, sin importar más que la oportunidad de hacer de la filosofía un eje y guía de la prosperidad de una ciudad que ha sido guiada por años por la tiranía y que de la mano de la sabiduría pudiera albergar los más altos ideales.

Tenía gran esperanza en el hombre, pero con la condición de que este debía dejarse cubrir por las alas de la filosofía, porque sólo esta permitiría que ambos hombre y ciudad evolucionarán cada vez más a esa búsqueda de perfección.

Esa búsqueda debe conducir a una transformación, a una conversión. Para Platón la conversión se da en un encuentro entre el que busca como un sediento y el que enseña como la fuente, como el manantial donde se vuelve inagotable aquello que calma la sed.

Es la conversión del filósofo, que a través de su dedicación reconoce su esencia y ya no quiere separarse más, su llamado es a la realización de su ser, no a la consumación de su cuerpo y la desvanescencia de su alma, Platón nos lo recuerda así:

“Porque si el oyente es un verdadero filósofo, apto para esta ciencia y digno de ella porque tiene una naturaleza divina, el camino que se le ha enseñado le parece maravilloso, piensa que debe emprenderlo inmediatamente y que no merece la pena vivir de otra manera. Pone, en consecuencia, todo su esfuerzo con los del guía que le dirige y no afloja el paso hasta que ha alcanzado plenamente todos sus objetivos o consigue fuerzas suficientes para poder caminar sin su instructor.”((Platón, Diálogos vol. 7 Dudosos. Apócrifos. Cartas, Madrid, Editorial Gredos, 1992 340c-341)).

Aquí Platón, exalta dos cualidades de este filósofo que emprende el camino de la transformación. Primero su decisión, que lo lleva a una vivencia inmediata que aquello que está aprendiendo y segunda la gran humildad para aprender de la mano de quien le enseña reconociendo que tiene mucho camino por recorrer. Continúa diciendo:

“Éste es el estado de ánimo con el que vive este hombre, dedicado a sus actividades ordinarias, cualesquiera que sean, pero ateniéndose siempre en todo a la filosofía, y a un sistema de vida cotidiano que le confiere con la sobriedad una inteligencia despierta, memoria y capacidad de reflexión. Toda conducta contraria a ésta no deja de horrorizarle. En cambio, los que no son verdaderamente filósofos, que tienen únicamente un barniz de opiniones, como las personas cuyos cuerpos están ligeramente quemados por el sol, cuando ven que hay tanto que aprender, el esfuerzo que hay que realizar y la moderación en el régimen de vida cotidiano que la empresa pide, considerándolo difícil e imposible para ellos, ni siquiera son capaces de ponerse a practicarlo, y algunos se convencen de que ya han aprendido bastante de todo y que no necesitan más esfuerzos. Ésta es una prueba evidente e inefable cuando se trata de personas dadas a los placeres e incapaces de hacer esfuerzos, de modo que no pueden acusar a su maestro, sino a sí mismos, cuando no son capaces de seguir todas las prácticas necesarias para la actividad filosófica.”((ibíd.)).

Las recomendaciones insistentes que hace Platón son que el ser humano recuerde su procedencia, su esencia, el camino que debe transitar, pero asumiendo su rol en relación con su realidad, con su sociedad, es decir que, no solo hay que conseguir el bien para sí mismo, sino también para la sociedad.

Dice Platón en el mito de la caverna que los hombres vivieron por mucho tiempo en un mundo de sombras, en una caverna protectora y complaciente, un mundo natural restringido por los meros afanes de la supervivencia biológica; pero al mismo tiempo, pobre, miserable y oscuro, donde los hombres permanecían encadenados y amnésicos. Allí, estaban de espaldas a la realidad, los seres humanos sumisos y serenos, sin capacidad para distinguir, conocer e interpretar, ni siquiera para reconocer su propia situación de enclaustramiento y ceguera e interrogarse sobre sí mismos, sobre la condición humana y sobre las alternativas para construir el orden ideal de lo social.

Simbólicamente, podríamos comparar, la estancia de Platón en Siracusa con su propia vivencia de la caverna. Esta ciudad a la que retornó en tres ocasiones, le proporcionó experiencias no muy gratas al lado de la tiranía, le valió incomprensión, desdén, peligro de muerte y hasta el ser vendido como esclavo, y muchas otras penalidades. A pesar de las decepciones, insistió hasta donde más pudo, en mantener siempre la filosofía como estandarte, como antorcha en tiempos tan oscuros e impredecibles.

Platón también es el filósofo del retorno, del regreso del mundo de las ideas a la vieja caverna. Se puede entender el amor platónico como la preocupación de hacer partícipes a quienes se quedaron en las sombras, en la ignorancia de las bondades de las ideas, del conocimiento y del saber, así como de la necesidad de construir un orden social más acorde con la realización humana.

El laberinto en que se encontró Platón en Siracusa, podríamos decir que era previsible: no fue a buscar honores, ni recompensas, ni comodidad y menos aún falsas amistades. Y aunque no hallaba lo que buscaba, hizo no solo uno sino tres viajes, que como espectadores diríamos que fueron viajes sin sentido, pero nos damos cuenta que no solo lo promulga en el mito de la caverna, sino que lo vive: es necesario volver, correr todos los peligros, incluso bajo el riesgo de perder la vida a manos de aquellos a quienes se intenta despojar de sus cadenas.

Sería más cómodo y placentero habitar en el mundo de las ideas, pero es imperativo volver, retornar, para caminar al lado de los que realmente quieren caminar.

Volver -pensaba Platón- significa contribuir a la creación del mundo de los hombres y hacerlos partícipes a todos ellos del conocimiento y de esa construcción.  Su experiencia de idas y venidas le confirmó su rol de formar en el saber, para difundir las ideas de la justicia y del bien.

Nuestro mundo actual, nuestra política actual, está bien alejada de aquellos principios platónicos: lo bueno, lo bello y lo justo, no somos lo que deberíamos ser. La óptima República no impera entre nosotros, el ágora pública suele ser privatizada por los intereses del mercado nacional e internacional, los representados no se ven reflejados en las acciones de los representantes, los gobiernos no están regidos por los más sabios y los ciudadanos más virtuosos e ilustrados ¿dónde están?

Para ver en la oscuridad hay que transformarnos con la filosofía, que es la claridad y la inteligencia de saber hacia dónde caminar.

La carta séptima es una invitación a la educación decidida para convertir la mirada ciega en una de vidente, con Platón el mensaje es de optimismo: la ceguera de los mortales para contemplar las cosas verdaderas, no es permanente sino ocasional. La educación puede liberar a quienes desde su nacimiento han estado siempre atados, de espaldas a la auténtica realidad.