Manuel Ruiz Torres
Cuando el 15 de abril de 2019 se incendió la cubierta de Nôtre Dame, construida por Viollet-Le-Duc a mitad del siglo XIX, se abrió la puerta a un escenario apasionado y apasionante: la reconstrucción de un elemento de primer orden de la cultura de Francia y del resto de Europa Occidental. El carácter apasionado pudo percibirse por la velocidad a la que se sucedieron las donaciones económicas para acometer la reconstrucción (más de mil millones de euros a los pocos días del desastre), o por las inmediatas declaraciones del presidente de Francia Emmanuel Macron, en las que llamaba a la comunión material y espiritual de la nación en el proyecto de reconstrucción de Nôtre Dame, que en cinco años estaría ejecutado, plazo este cuya viabilidad ha sido puesta en duda por arquitectos y restauradores.
La reconstrucción también ha suscitado un debate que literalmente divide a Francia: ¿cómo llevarla a cabo, de manera idéntica a como era o con un diseño y materiales actuales? A los pocos días del incendio el primer ministro francés, Edouard Philippe, anunciaba la creación de un concurso internacional de ideas sobre cómo realizar la reconstrucción de Nôtre Dame. El 10 de mayo se aprobó en la Asamblea Nacional de Francia, tras trece horas de intenso debate, la ley especial que ha elaborado el gobierno para la reconstrucción de la catedral parisina. El propio pueblo francés no quiere renunciar a hacer valer su presencia en este debate nacional, y las redes sociales son escenario de encendidas opiniones sobre el asunto. LA RECONSTRUCCIÓN DE UN SÍMBOLO.
Los diseños que han ido proponiéndose se sitúan entre dos extremos: la reconstrucción idéntica, y renovaciones que rompen literalmente con el propio estilo de la catedral e incluso con el urbanismo de la propia isla de San Luis, donde se halla Nôtre Dame.
Los doce proyectos que están recibiendo mayor interés son los siguientes:
Toda esta variedad de propuestas no hace sino atizar más todavía el apasionante debate instalado en Francia, entre los más puristas que quieren una reconstrucción fiel a cómo era Nôtre Dame antes del incendio, y aquellos que proponen una “evolución” de la propia catedral. El ministro de Cultura, Frank Riester, propugnaba que “debemos conseguir una reconstrucción idéntica, pero dando muestras de creatividad”, en una posición intermedia entre ambas posturas, y seguramente más realista teniendo en cuenta que hacer una copia del original puede provocar el “síndrome de la Sagrada Familia” de Barcelona, es decir, una actuación detallista que se prolonga de manera indeterminada en el tiempo, a juicio de Jean-Michel Wilmotte, uno de los primeros defensores de una reconstrucción “moderna”.
No vamos a decir qué opción debería realizarse, decisión que corresponde a los especialistas y al pueblo francés a través de cualquiera de sus posibilidades de representación. Pero sí podemos plantear otra perspectiva: ¿Qué piensa la antropología, las ciencias del ser humano, por boca de sus investigadores?
Además de la dimensión religiosa (no hay que olvidar que estamos ante un edificio destinado al contacto con lo sagrado), de la perspectiva artística, patrimonial y económica (por su impacto en el turismo), la catedral de Nôtre Dame de París es un símbolo, un símbolo para Francia y para el resto de Occidente. En el conjunto y el detalle de su imagen se encuentran las invisibles puertas que, a través de la imaginación, activan sentimientos íntimos y profundos relacionados con la identidad, con la pertenencia, con el universo que proporciona sentido al alma. Tal es el “procedimiento” con el que operan los símbolos. Nôtre Dame forma parte del alma de Francia porque su imagen no resulta indiferente al alma de millones de franceses. Independientemente de que cada cual sea católico practicante o no, entienda o no de arte, el símbolo de Nôtre Dame abre caminos, por un lado a escenarios interiores que entroncan con la percepción inefable del ser francés, del ser europeo y, por otro, a las íntimas realidades sutiles donde brota lo mejor de uno mismo, tal cual ocurre con todo aquello impregnado de belleza y excelencia.
Esta función simbólica no sólo no es incompatible con el uso religioso, turístico, patrimonial, sino que interactúa y se nutre también de ellos. La pregunta crucial es la siguiente: ¿hasta dónde puede modificarse un símbolo sin que pierda su función simbólica?
Creo que este es el límite de cualquier diseño, el mantenimiento de Nôtre Dame como símbolo. Más allá de las ocurrencias singulares, que tienen mucho de publicitario, más allá de las diferentes capas cuya totalidad llamamos “Nôtre Dame”, más allá del juego político que distorsiona todo, estamos ante la reconstrucción de un símbolo. Un reto para todas las ciencias del ser humano.