José Antonio Gutierrez Quesada

El Instituto Hermes de Granada organizó una visita al conjunto arqueológico de Itálica y al Museo Arqueológico de Sevilla con un grupo de miembros de Hermes y de amigos aficionados a la arqueología, que nos “apuntamos” para conocer estos apasionantes vestigios de nuestro pasado. Destinamos la mañana a la visita de Itálica y dejamos para la tarde el Museo.

Una parte importante de lo que fue Itálica se encuentra bajo el casco del pueblo de Santi Ponce, muy cerca de Sevilla, que empezó a levantarse en el siglo XVII aprovechando materiales de sus ruinas. Por este motivo, el complejo arqueológico de Itálica es solo la otra parte de lo que fue esta ciudad romana, fundada en el año 206 a.C. por Escipión El Africano al emplazar en un altozano situado en el margen oeste del rio Betis un campamento de legionarios veteranos victoriosos de los cartagineses para asegurar el dominio de la región del bajo Guadalquivir.

Quien debió conocer Itálica en toda la magnitud se su ruina fue el poeta de Utrera (Sevilla), Rodrigo Caro (1573-1647) al que la contemplación de sus ruinas emocionó tanto que le inspiraron   los versos que siguen, considerados entre los mejores de una época de grandes poetas), son la “Canción a las ruinas de Itálica”:

“Estos, Fabio, ¡ay dolor que ves ahora
Campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipìón la vencedora
Colonia fue; por tierra derribado
yace el temido honor de la espantosa
Muralla, y lastimosa
reliquia es solamente
de su invencible gente.
Sólo quedan memorias funerales
donde erraron ya sombras de alto ejemplo.
Este llano fue plaza, allá fue templo;
de todo apenas quedan las señales.
Del gimnasio y las termas regaladas
Leves vuelan cenizas desdichadas;
Las torres que desprecio al aire fueron
A su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro
Impío honor de los dioses, cuya afrenta
publica el amarillo jaramago
ya reducido a trágico teatro,
¡fábula del tiempo representa,
Cuánta fue su grandeza y es su estrago…”

La ciudad de Itálica, la primera fundada por Roma en Hispania, tuvo un rápido desarrollo, alcanzando durante el imperio de Augusto la categoría de “municipio”. De su importancia política, económica social y cultural da prueba especial el hecho de que en su seno nacieran dos de los más grandes emperadores del Imperio Romano: Trajano, en el año 53 y Adriano, en el 76. Ambos demostraron tener fuertes vínculos con su ciudad, especialmente Adriano, y contribuyeron en gran medida a su embellecimiento y expansión en todos los órdenes.  Adriano le dio Status de “colonia” y promovió la construcción de una segunda ciudad anexa, “nova urbs” en el N.O. de la vieja, “vetus urbs”, con un carácter residencial, monumental y de lujo, pero a pesar de su fastuosidad esta ciudad tuvo una corta existencia, hacia finales del siglo III fue abandonada por la ruina de sus edificios, que se agrietaban y caían a causa de las características del suelo. Estas ruinas son hoy el “Conjunto arqueológico de Itálica”.


Al entrar en el recinto, al que se accede por el norte, nos llamó la atención su limpieza y lo bien cuidado que estaba, a pesar de la aparente ausencia de personal servicio. En el pabellón de recepción, las maquetas del complejo, con la ayuda de un compañero que hizo de guía, nos proporció una valiosa orientación general del recinto, lo que nos resultó de gran utilidad para conocer mejor sobre el terreno todos sus elementos: trazado urbano y edificaciones, que por el uso que tuvieron en su día se clasifican como: residencias privadas, (domus, casas); públicos, de culto, ocio y cultura (templo, anfiteatro, termas,) y semipúblicos, collegium de la Exedra.

La primera visita que hicimos fue al “anfiteatro”, construido durante el reinado de Adriano, está situado al norte de la ciudad, fuera ya de las murallas que la rodeaban y de las que sólo quedan algunos restos visibles próximos a este monumento, que fue el tercero más grande del Imperio romano, con capacidad para 25.000 espectadores, muchos, si se tiene en cuenta que Itálica era una ciudad de no más de 8.000 habitantes. En el centro de la “arena” había y hay un gran foso y circundándola un graderío de tres niveles, aunque en las partes del mismo que se conservan no quedan más que dos pisos, que cubren una amplia galería a la que se entra fácilmente desde la puerta principal.

Volvemos dentro del “recinto amurallado” y de inmediato podemos apreciar el avanzado desarrollo del urbanismo romano, nos encontramos al final del “cardo maximus”, la principal calle que atravesaba la ciudad de sur a norte, a lo largo de la cual se situaban las principales residencias y edificios públicos y que es cruzada a su mitad por la segunda calle principal el “decumanus maximus”, que con las calles secundarias forman un plano ortogonal de grandes manzanas rectangulares. En el segundo cruce de calles había, descubierta, una entrada a las cloacas muestra de una completa y amplia red de alcantarillad por la que se podía caminar y que también tenía finalidad defensiva. En la superficie las calles eran dignas de la monumentalidad de la ciudad, todavía pueden verse en algunas zonas las grandes losas poligonales que las pavimentaban. Por lo demás, las calzadas son muy anchas y estaban porticadas; en las aceras, también anchas, en algunos lugares se ve la base de los pilares que sostenían la cubierta que las protegían de las inclemencias del tiempo.

A la izquierda del “cardo maximum”, yendo hacia sur, encontramos en primer lugar la casa “collegium” de la Exedra, que reúne las características de la casa romana tradicional, pero su grandiosidad y algunos de los elementos no se corresponden con este modelo, por lo que se cree que tuvo un uso semipúblico. La domus propiamente dicha, aunque en proporciones superiores de esplendor y dimensiones, tiene la distribución típica de las casas romanas: un patio rectangular y el “peristilum” correspondiente, dan paso a numerosas habitaciones. Llegó a tener termas y gimnasio.

En la misma acera se suceden las plantas de varias casas más, ya genuinamente familiares, son los restos de una zona residencial que estuvo plena de lujo, colmada de mosaicos, pinturas y toda clase de elementos decorativos esplendidos en los patios, peristilos, triclinio, cubículos y a los que se les ha dado nombre por los motivos que figuran en los magníficos mosaicos, todavía en muy buen estado de conservación, que adornaban las principales habitaciones. Así tenemos sucesivamente, la” casa del mosaico de Neptuno”, muy grande y con baños; la “casa de los pájaros”, con tiendas y horno; la “casa de Hylas, que tiene un mosaico con una alegoría a las cuatro estaciones y otro con el rapto de Hylas; la “casa del planetario”, que tiene un gran mosaico central en el que se representa a Venus y está rodeado por otros seis más pequeños que tienen los demás planetas que se refieren a los días de la semana.

Más al sur, a la derecha, en la parte superior del recinto, se encuentra el “templo de Trajano”, dedicado a este emperador por su sobrino, el también emperador, Adriano. Tiene planta rectangular y estaba rodeado de columnas, de las que algunas se conservan.

Por su situación algo marginal al oeste del conjunto arqueológico lo último que visitamos fueron las “termas mayores”, las grandes dimensiones de la planta evidencian que eran un importante centro de ocio y todavía se distingue en la estructura el espacio que ocupaban las piscinas y los hornos. Fueron construidas en tiempos de Adriano y además de las instalaciones propias y complementarias de los baños había gimnasio y biblioteca.

Cuando concluyó el recorrido era la hora de comer y al reunirnos a la salida en un lugar ajardinado, limpio, sombreado y equipado, decidimos que era un excelente sitio para comer todos juntos. El rato fue muy agradable y divertido y se evidenció el impacto emotivo que a todos nos produjo la visita al evocarnos hechos fundamentales de nuestro pasado. Después de la sobremesa nos trasladamos a Sevilla para visitar el Museo Arqueológico.

Ubicado en la plaza de América en el Parque de María luisa de Sevilla el Museo Arqueológico, tiene sus instalaciones desde mediados del siglo XX en un bello edificio construido para pabellón de Bellas Artes en la Exposición Iberoamericana de 1929. El origen del Museo se remonta hasta mediados del siglo XLX cuando por necesidad de regularizar la ingente cantidad de antigüedades obtenidas de la ruina de Itálica y de otros yacimientos se fundó el Museo en el Convento de la Merced. Los fondos arqueológicos procedentes de Itálica son parte muy importante de las colecciones del museo, que se han enriquecido extraordinariamente con las innumerables y variadísimas muestras halladas en la provincia de Sevilla hasta desbordar las 27 grandes salas en las que se exponen de manera perfecta.

Sevilla y su territorio por lo estratégico de la situación geográfica, su riqueza y las fáciles comunicaciones ha sido desde tiempos inmemoriales meta codiciada de numerosos pueblos y culturas, que se establecieron allí durante larguísimos tiempos: poblaciones prehistóricas, Tartessos, turdetanos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos, musulmanes, árabes, bereberes, cristianos, castellanos, y todos dejaron abundantes pruebas de su presencia, que hoy se visualiza en el Museo Arqueológico. Especial interés ofrecen las de Tartessos e Itálica.

Los hallazgos tartesios proceden de los próximos yacimientos de Montemolín (Marchena) y El Carambolo (Camas), que serían lugares sagrados donde se celebraban rituales y ceremonias religiosas. En diferentes piezas se observan claras influencias religiosas y culturales fenicias, como es el caso de la preciosa estatuilla de La diosa fenicia Astarté y de una escritura fenicia, la más antigua de esta clase en Iberia. Con, mucho la principal obra tartesia es el legendario tesoro del Carambolo, único en el mundo por su riqueza y el exquisito labrado de todas las piezas.


Los fondos procedentes de Itálica son parte principalísima del museo y ocupan las salas que van de la XIII a la XX; sus monumentales esculturas en mármol marcan el carácter del Centro. De tamaño casi colosal, admira la belleza de la de Mercurio y la de Afrodita-Venus saliendo de las aguas, belleza que no es menor en las de Baco, Minerva, Venus, Trajano y Adriano entre otras muchas. Sería interminable describir con cierto detalle las demás piezas procedentes de Itálica  y tenemos que limitarnos a un simple resumen: vimos grandiosos mosaicos como los de “El juicio de Paris”, “El triunfo de Baco” o “Los argonautas”; esculturales columnas corintias; curiosas piezas en bronce del ajuar romano de mesa, cocina y despensa; bellísimas figuras menores en terracota o mármol ( la Gorgona, la Victoria, Cibeles, Zeus…); preciosas cerámicas de las conocidas como “sigillata” y “campaniforne; lápidas votivas a diferentes divinidades; documentación escrita en piedra y epigrafía honorífica y jurídica, etc.
Admirados, emocionados y orgullosos de nuestro pasado volvimos a Granada.