Maria Angustias Carrillo de Albornoz        

“El mito expresa siempre el origen de algo. Remite a un tiempo primordial, al cual se refiere sin cesar como la matriz de todos los tiempos presentes.”   Fernando Schwarz

 Se dice que la civilización occidental comienza con los griegos, pero ¿qué hubo antes, cuál fue la base y el origen de esos primeros recuerdos y actuaciones que recoge nuestra Historia oficial? Si, como decía Goethe, la Historia de la Humanidad se repite en cada hombre cada vez que éste inicia una nueva vida, y vemos natural que para un bebé lo más importante durante su gestación y supervivencia en los primeros años sea su madre, es igualmente lógico que ocurriera lo mismo en los inicios de nuestra Historia, y fuera la figura de la mujer, como madre que da la vida, nutre y protege durante los primeros años, la que se adorara y considerara como Diosa, como la Gran Madre de todo lo creado. Afirmaba Johann Jacob Bachofen que “Para comprender, el saber sólo surge cuando puede abarcar el origen, el progreso y el fin. El comienzo de toda la evolución, sin embargo, está en el mito, y toda investigación profunda de la Antigüedad se reduce inevitablemente a él.”  Lo cierto es que sin conocer y admitir los mitos de los orígenes, la historia nunca hubiera podido llegar a una conclusión, y en la lógica de este planteamiento, habría que aceptar las tradiciones –hasta ahora míticas– de que fueron las mujeres las que impulsaron a crecer a los seres humanos en su etapa infantil, que fueron ellas las que le ayudaron a despertar la conciencia ofreciéndoles “la manzana” de la sabiduría.

Gracias a esta labor de la mujer –que en este caso sería la representación simbólica del alma–empezamos a adquirir las primeras experiencias individuales y sociales. Ellas fueron las que sentaron las bases de nuestra civilización tras aquella primera Edad de Oro de la que nos hablan las mitologías, que terminó con la “expulsión del paraíso”. Esta teoría podría ser la confirmación de que las primeras civilizaciones fueran matriarcales en la que después se llamó la Edad de Plata. Para Ovidio, que describe estas edades en su Metamorfosis 1) Surgió primero la edad de oro, que, sin autoridad ninguna, de forma espontánea, sin leyes, practicaba la lealtad y la rectitud. No existía el castigo, ni el miedo, ni se leían amenazas en placas de bronce expuestas en público, ni la masa en actitud suplicante temía la mirada de su juez, sino que estaba protegida sin que nadie la defendiera. El pino aún no había sido derribado en sus montes de origen, ni había descendido hasta las aguas transparentes para recorrer el universo desconocido, y los seres humanos no conocían más riberas que las propias. Los escarpados fosos no rodeaban aún las ciudades; no existían rectas trompas de bron­ce, ni cuernos en espiral, ni cascos, ni espadas; los pueblos, sin necesidad de guerreros, disfrutaban tranquilamente la dulzura de la paz. La propia tierra, libre, sin que la azada la tocase ni la desgarrase el arado, lo ofrecía todo espontáneamente; contentos con los alimentos que nacían sin que nadie los obli­gase, cogían los frutos del madroño, las fresas silvestres, los frutos del cornejo, las moras adheridas a las ásperas zarzas y las bellotas que caían del copudo árbol de Júpiter. Era una eterna primavera, y los suaves Céfiros acariciaban con sus brisas tem­pladas las flores que nacían sin semilla. Enseguida, la tierra producía cosechas sin ser arada, y el campo amarilleaba de espigas cargadas de grano sin que lo dejasen en barbecho; corrían ríos de leche, ríos de néctar y de las encinas de verde follaje brotaban doradas gotas de miel. Cuando el mundo quedó bajo el dominio de Júpiter, tras ser arrojado Saturno al tenebroso Tártaro, apareció la estirpe de pla­ta, inferior a la de oro, más preciosa que la de amarillo bronce. Júpiter acortó el tiempo de la antigua primavera y distribuyó el año en cuatro épocas con inviernos, veranos, otoños variables y una breve primavera. Entonces el aire refulgió por vez primera, agostado por la sequedad del calor, y colgaron los carámbanos congelados por los vientos. Entonces empezaron a refugiarse en 120 casas (casas fueron las cuevas, y la espesura de los arbustos, y las estacas unidas con corteza de árbol). Entonces fueron enterradas en los surcos alargados las primeras semillas de Ceres, y los no­villos empezaron a gemir, oprimidos por el yugo.  A aquélla le sucedió una tercera estirpe, de bronce, de naturaleza más cruel y más inclinada a las espantosas armas, pero no perversa.  La última es de duro hierro; inmediatamente, en esa edad de metal inferior surgió todo el mal; huyeron el pudor, la ver­dad y la lealtad, y ocuparon su lugar el engaño y la trampa, la insidia y la violencia, y el deseo perverso de poseer. Daba el marino su vela a los vientos sin conocerlos aún, y la madera de las qui­llas, que había permanecido largo tiempo en lo alto de los montes, brincaba sobre mares desconocidos, y un agrimensor precavido marcó con una larga linde la tierra, antes común como la luz del sol y las brisas. Y no sólo reclamaron al suelo pródigo las cose­chas y el alimento necesario, sino que penetraron en las entrañas de la tierra y excavaron lo que provoca desgracias, las riquezas que ella había ocultado situándolas junto a la tenebrosa Estigia. El pernicioso hierro y el oro más pernicioso que el hierro ya habían aparecido; aparece la guerra, que utiliza a ambos para luchar, y agita en su mano ensangrentada las resonantes armas. Se vive del saqueo; el huésped no está a salvo de su anfitrión, ni el suegro de su yerno; incluso entre hermanos escasea la buena disposición. El hombre ansía la muerte de su esposa, ésta, la de su marido; malvadas madrastras mezclan brebajes de acónito que hacen palidecer, el hijo pregunta antes de tiempo por la edad de su padre. El amor filial yace derrotado, y la virgen Astrea abandona, la última de los inmortales, la tierra empapada en sangre.” de la misma manera que Hesíodo lo hace en Los trabajos y los días, es en la Edad de Plata cuando aparecen las estaciones, cuando por primera vez el hombre tiene que guarecerse del frío y del calor y, para subsistir, ha de aprender a buscar su alimento trabajando la tierra, sembrando y recogiendo las cosechas, elaborando en definitiva su propio sustento empezando por el pan y el vino, pero lo hace hermanándose con la Naturaleza, de forma solidaria y sin forzarla ni romper la armonía con ella, gracias a los Valores Femeninos que entonces imperaban. Esta teoría, que el suizo J.J. Bachofen recogió por primera vez en 1861 y que se publicó en español con el título de El matriarcado, se va abriendo paso cada vez más en el campo de la antropología y de la historia en general.

¿Quién fue Marija Gimbutas?

Marija Gimbutas (1921-1994), destacada e innovadora arqueóloga del siglo XX, ha sido una de las personalidades que más trabajó por recuperar la memoria del pasado remoto de la Vieja Europa. Gracias a sus grandes descubrimientos y concienzudos trabajos sobre nuestras sociedades más antiguas, pudo elaborar nuevas teorías sobre los primeros pueblos que habitaron el anciano continente europeo. A lo largo de sus años de estudio realizó más de 12.000 fotografías de todos los objetos y yacimientos en los que trabajó, creando un fondo visual de incalculable valor tanto arqueológico como antropológico.

Lituana de nacimiento y americana de adopción, nunca abandonó sus trabajos de investigación. En 1938, tras terminar los estudios secundarios, ingresó en la Universidad de Vytautas Magnus de Kaunas, donde se matriculó de lingüística. Pocos años después volvería a su ciudad natal, para completar su formación en la Universidad de Vilna, donde cursó estudios de postgrado en arqueología, lingüística, etnología, folklore y literatura. Ya en aquellos años empezó a participar en expediciones etnográficas que analizaban el origen de los mitos y el folclore de la cultura lituana.

Aún estaba estudiando y preparando su tesis cuando en 1941 se casó con el arquitecto Jurgis Gimbutas. Fueron momentos felices para la nueva señora Gimbutas, quien poco después tuvo su primera hija, Danuté. Pero la Segunda Guerra Mundial obligó a la familia a alejarse de su patria. La primera etapa de su largo exilio fue Viena, para instalarse después de manera temporal en Alemania, donde Marija continuaría sus estudios. En 1946 obtuvo un doctorado en arqueología en la Universidad de Tübingen, y poco después nacía Zivilé, su segunda hija.

La situación en Europa era muy complicada, por lo que en 1949 la familia Gimbutas decidió marcharse a vivir a los Estados Unidos. Allí empezó Marija a trabajar en la Universidad de Harvard, donde primero estuvo dedicada a traducir textos arqueológicos provenientes de Europa y poco después como profesora de arqueología en distintas universidades estadounidenses. En 1956 formuló una propuesta de estudio para los pueblos indoeuropeos que provocó gran sorpresa en los círculos arqueológicos. Marija bautizó su metodología como “Kurgan”, palabra rusa que se utilizaba para denominar a túmulos sepulcrales, y que se basaba en combinar la arqueología con la lingüística y la mitología para identificar a los pueblos protoindoeuropeos del Neolítico y la Edad del Bronce.

En 1963 se trasladó con su familia a vivir a Los Ángeles donde daría clases en la Universidad de California hasta 1989, año en el que se retiraría oficialmente.

Continuando siempre con su labor pedagógica, Marija fundó el Instituto de Arqueología para fomentar los estudios de los pueblos indoeuropeos. También formó parte del Museo de Historia y Arqueología, y publicó en numerosas revistas científicas. Su nueva visión de la arqueología no sólo fue determinante para descubrir y analizar muchos pueblos indoeuropeos, sino que la convirtió en una de las arqueólogas más respetadas del siglo pasado. Allí donde otros estudiosos no encontraban nada, ella descubrió importantes yacimientos y un gran número de objetos votivos y de la vida cotidiana de los pueblos prehistóricos, imprescindibles para entender sus sociedades y su mentalidad religiosa.

De todas sus investigaciones, el análisis de las estatuillas que descubrió relacionadas con la Diosa Madre la llevaron a explicar minuciosamente las múltiples representaciones de diosas en forma de animales o con cuerpos exagerados elaboradas durante el Paleolítico y el Neolítico.

Su nueva visión de la arqueología no sólo fue determinante para descubrir y analizar muchos pueblos indoeuropeos, sino que la convirtió finalmente en una de las arqueólogas más célebres de la época. Allí donde otros estudiosos no encontraron nada, ella descubrió importantes yacimientos y un gran número de objetos votivos y de la vida cotidiana, imprescindibles para entender la vida, la sociedad y la religión de los pueblos prehistóricos. Mircea Eliade la cita elogiosamente en su Historia de las religiones, hablando de su libro más conocido Diosas y dioses de la Vieja Europa con estas palabras: “Este libro, espléndidamente ilustrado, proporciona una documentación arqueológica que resulta muy difícil de encontrar en otro lugar.”

Entre sus obras más importantes figuran, además del ya citado Diosas y dioses de la Vieja Europa (1974), El lenguaje de las diosas (1989) y La civilización de las diosas (1991), estudios que revelaron y confirmaron la existencia de las sociedades matriarcales que existieron en la antigüedad europea antes de que los invasores indoarios y semitas impusieran el patriarcado.

El 2 de febrero de 1994 fallecía en Los Ángeles a la edad de 73 años. Sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de Kaunas en Lituania. Poco antes de morir, su trabajo y su pasión por la arqueología fueron reconocidos con un doctorado honoris causa otorgado por su antigua y querida Universidad de Vytautas Magnus.

El Matriarcado

El historiador y jurista suizo Johan Jacob Bachofen tuvo la originalidad de publicar en 1861 los primeros indicios históricos de que, anteriormente a nuestra cultura patriarcal, existió en el Mediterráneo, y más ampliamente en Europa, una sociedad matrística. Él habló de “Mutterrecht”, derecho materno, que se tradujo al castellano por “matriarcado” (palabra que, por cierto, nada gustaba a Marija Gimbutas) y que literalmente significa “gobierno de las mujeres”. Años más tarde, el antropólogo Robert Briffaut explicó que el concepto de “matriarcado” esconde una gran complejidad, pues aunque hayan existido gobiernos de mujeres, hoy sabemos que en las culturas donde predomina su influencia no hay que buscar un “mando” de la mujer, sino la prevalencia de valores femeninos como la colaboración, la energía y la resistencia ante las dificultades y el dolor, la capacidad de amar, de unir, de cohesionar y aglutinar a su tribu resolviendo con sabiduría e intuición todos los conflictos. “Mandar –afirma Briffaut– es un valor masculino, y allí donde domina la mujer no prima esta autoridad individual, sino la autoridad tribal colectiva que propicia la vida y la fertilidad en vez de la guerra, la muerte y otros valores propios del ideal heroico patriarcal.”  La mujer aprende antes que el hombre a extender sus cuidados y preocupaciones hacia el otro generosamente y por encima de su propio bien, y desde que siente en su cuerpo la llamada de la vida, los primeros síntomas de la maternidad, dirige todos sus afanes a la conservación y el embellecimiento del entorno para la supervivencia y bienestar del hijo que sueña y espera. 

Curiosamente, Bachofen no llegó a dudar de que el paso de la sociedad de dominio femenino a la sociedad patriarcal hubiese sido un progreso, pero posteriormente la arqueología vino a descubrirnos muchos indicios de que aquello que la historia había proclamado como el inicio de la civilización y que se caracterizó por el comienzo de la escritura, la institución del calendario y la creación de grandes agrupaciones urbanas, había venido acompañado de otras cosas menos buenas, como el comienzo de la violencia, el fin de la igualdad de género, la esclavitud doméstica de las mujeres e incluso la institución de la esclavitud a nivel oficial y otras injusticias sociales por el estilo, muchas de las cuales aún padecemos.

Según también afirma el conocido mitólogo y escritor estadounidense Joseph Campbell en su libro Diosas, “La aparición de los semitas en este antiguo mundo de la Diosa se expresó en un nuevo tipo de mitología: la gran historia de Marduk, el dios del cielo, solar y masculino, que se enfrenta a la diosa del abismo Tiamat, abuela de todos los dioses. El panteón masculino ha tomado el control, y ahora son ellos los que van a crear el mundo. ¿Y qué ocurre? Tiamat sale del abismo, Marduk la ataca y ella es tildada de demonio, cuando en realidad ella es la Madre de los Dioses. Él la mata, la corta en dos y forma el cielo con la parte superior de su cuerpo, y el inframundo con el abismo. También crea a los hombres a partir de su sangre, etc. Ése es el comienzo de la asunción masculina del papel creador. (…) La Diosa se convierte en el mundo, y entrega su cuerpo voluntariamente ofreciéndose en sacrificio.”  Hay otro punto interesante –sigue diciendo Campbell–, y es que “cuando interviene el varón tenemos división, mientras que cuando interviene la mujer tenemos unión. (…) Con estas mitologías semíticas masculinas aparece por primera vez la separación del individuo con respecto a lo divino, siendo éste uno de los motivos más importantes y decisivos de la historia de la mitología, que no aparece en las mitologías de la Gran Madre.”

En el transcurso de sus investigaciones, Campbell se encontró con la brillante y pionera obra de Marija Gimbutas sobre la Gran Diosa del mundo neolítico en la vieja Europa, lo que le hizo reafirmarse aún más en su primera intuición de que la Diosa constituía la figura divina esencial en la primera concepción mitológica del mundo. Los poderes descritos por Gimbutas se hallaban en el origen de lo que él mismo había observado en mitologías y tradiciones posteriores. Poco antes de morir, Campbell escribió el prólogo al libro El lenguaje de la Diosa de M. Gimbutas, afirmando que “…en su recopilación, clasificación e interpretación descriptiva  de alrededor de dos mil artefactos simbólicos, procedentes de los yacimientos de los pueblos neolíticos europeos más antiguos (ca. 7000 a.C.-3200 a.C.), ha sido capaz no sólo de elaborar un glosario fundamental de los motivos pictóricos de la mitología de una era que todavía sigue sin documentar, sino también de establecer, mediante la interpretación de esos signos, los temas y líneas principales de una religión que venera tanto al Universo como al cuerpo vivo de la Diosa-Madre-Creadora, así como a todos los seres vivos que, dentro de ella, participan de su divinidad; es decir, una religión que, como percibimos de inmediato, contrasta con la descrita en el Génesis 3.19, donde el Padre-Creador le dice a Adán: “Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás”. En la mitología anterior, la tierra de donde todas esas criaturas han nacido no es polvo, sino que es vida, la misma de la que participa la propia Diosa-Creadora.” 

En resumen, tenemos que aceptar que los mitos no son menos ricos en resultados firmes y sólidos que cualquier otra fuente de conocimientos tradicionales. La obra de Marija Gimbutas nos demuestra fehacientemente con sus grandes descubrimientos arqueológicos y sus lógicas conclusiones, que la existencia de una Edad de Plata en la que imperaban los valores femeninos fue real históricamente. Tenemos que buscar en ellos las fuentes de nuestra memoria perdida y es muy posible que, con el advenimiento de la nueva era que ahora se avecina para la Humanidad, sean las mujeres las que ya se estén preparando para un nuevo matriarcado que ayude a crecer y enriquecer a la humanidad del futuro.

Cito, para finalizar, unas palabras del libro El alma de la mujer de Delia S.Guzmán: “Hoy, a través de los medios de comunicación y de la literatura, han salido a la luz muchas novelas de carácter histórico y semihistórico, donde vuelven a aparecer aquellas viejas civilizaciones matriarcales en que la mujer era el personaje fundamental, las diosas las deidades principales, y todo giraba en torno a esa figura que parecía nuclear a los seres humanos. No es que la mujer hubiese acaparado el poder y dejase al hombre en un puesto secundario; simplemente, tenía un papel preponderante y era el centro de la vida. Tal vez esto es lo que se ha perdido. Este papel de eje,  centro, núcleo, como reflejan los mitos griegos y romanos cuando hablan de esa diosa tan particular del Fuego: está en el centro de la Tierra, en el fuego del altar, en el del hogar, en el centro de la casa y del templo… Eso es la mujer. Ese fuego es vida y tiene la capacidad de que todo se concentre a su alrededor.

Bibliografía:

  • Diosas y dioses de la Vieja Europa (7000-3500 a.C.), Marija Gimbutas, editorial Siruela, El Árbol del Paraíso, 2014
  • El matriarcado, Una investigación sobre la ginecocracia en el mundo antiguo según su naturaleza religiosa y jurídica, J.Bachofen, editorial AKAL, 2018
  • Las Madres, La mujer desde el matriarcado hasta la sociedad moderna, Robet Briffault, ediciones La Llave, Prólogo de Claudio Naranjo, 2016
  • Diosas, Misterios de lo Divino Femenino, Joseph Campbell, ediciones Atalanta SL, 2015
  • El alma de la mujer, Colección Perlas de Sabiduría, Delia Steinberg Guzmán, editorial Nueva Acrópolis, 2010

Notas   [ + ]

1. Surgió primero la edad de oro, que, sin autoridad ninguna, de forma espontánea, sin leyes, practicaba la lealtad y la rectitud. No existía el castigo, ni el miedo, ni se leían amenazas en placas de bronce expuestas en público, ni la masa en actitud suplicante temía la mirada de su juez, sino que estaba protegida sin que nadie la defendiera. El pino aún no había sido derribado en sus montes de origen, ni había descendido hasta las aguas transparentes para recorrer el universo desconocido, y los seres humanos no conocían más riberas que las propias. Los escarpados fosos no rodeaban aún las ciudades; no existían rectas trompas de bron­ce, ni cuernos en espiral, ni cascos, ni espadas; los pueblos, sin necesidad de guerreros, disfrutaban tranquilamente la dulzura de la paz. La propia tierra, libre, sin que la azada la tocase ni la desgarrase el arado, lo ofrecía todo espontáneamente; contentos con los alimentos que nacían sin que nadie los obli­gase, cogían los frutos del madroño, las fresas silvestres, los frutos del cornejo, las moras adheridas a las ásperas zarzas y las bellotas que caían del copudo árbol de Júpiter. Era una eterna primavera, y los suaves Céfiros acariciaban con sus brisas tem­pladas las flores que nacían sin semilla. Enseguida, la tierra producía cosechas sin ser arada, y el campo amarilleaba de espigas cargadas de grano sin que lo dejasen en barbecho; corrían ríos de leche, ríos de néctar y de las encinas de verde follaje brotaban doradas gotas de miel. Cuando el mundo quedó bajo el dominio de Júpiter, tras ser arrojado Saturno al tenebroso Tártaro, apareció la estirpe de pla­ta, inferior a la de oro, más preciosa que la de amarillo bronce. Júpiter acortó el tiempo de la antigua primavera y distribuyó el año en cuatro épocas con inviernos, veranos, otoños variables y una breve primavera. Entonces el aire refulgió por vez primera, agostado por la sequedad del calor, y colgaron los carámbanos congelados por los vientos. Entonces empezaron a refugiarse en 120 casas (casas fueron las cuevas, y la espesura de los arbustos, y las estacas unidas con corteza de árbol). Entonces fueron enterradas en los surcos alargados las primeras semillas de Ceres, y los no­villos empezaron a gemir, oprimidos por el yugo.  A aquélla le sucedió una tercera estirpe, de bronce, de naturaleza más cruel y más inclinada a las espantosas armas, pero no perversa.  La última es de duro hierro; inmediatamente, en esa edad de metal inferior surgió todo el mal; huyeron el pudor, la ver­dad y la lealtad, y ocuparon su lugar el engaño y la trampa, la insidia y la violencia, y el deseo perverso de poseer. Daba el marino su vela a los vientos sin conocerlos aún, y la madera de las qui­llas, que había permanecido largo tiempo en lo alto de los montes, brincaba sobre mares desconocidos, y un agrimensor precavido marcó con una larga linde la tierra, antes común como la luz del sol y las brisas. Y no sólo reclamaron al suelo pródigo las cose­chas y el alimento necesario, sino que penetraron en las entrañas de la tierra y excavaron lo que provoca desgracias, las riquezas que ella había ocultado situándolas junto a la tenebrosa Estigia. El pernicioso hierro y el oro más pernicioso que el hierro ya habían aparecido; aparece la guerra, que utiliza a ambos para luchar, y agita en su mano ensangrentada las resonantes armas. Se vive del saqueo; el huésped no está a salvo de su anfitrión, ni el suegro de su yerno; incluso entre hermanos escasea la buena disposición. El hombre ansía la muerte de su esposa, ésta, la de su marido; malvadas madrastras mezclan brebajes de acónito que hacen palidecer, el hijo pregunta antes de tiempo por la edad de su padre. El amor filial yace derrotado, y la virgen Astrea abandona, la última de los inmortales, la tierra empapada en sangre.”