Manuel Ruiz Torres

La pandemia de la covid-19 ha puesto de nuevo de manifiesto la unidad de la Humanidad. El virus ha provocado la enfermedad por igual a todos los grupos humanos, en todas las sociedades, en todos los países. Las distintas variantes del coronavirus que se han ido descubriendo en puntos concretos del planeta se han expandido por todos los rincones e igualmente las estrategias de lucha y recomendaciones de prevención han funcionado para todos de una manera similar, las vacunas han sido efectivas en todos los países en niveles semejantes. Todo esto demuestra que los ocho mil millones de seres humanos que habitamos actualmente en la Tierra somos una sola Humanidad.

Desde hace décadas la ciencia es clara y tajante: todos los seres humanos que vivimos hoy en el planeta formamos parte de un único conjunto genético, un único taxón denominado Homo sapiens por los científicos, sin fracciones en subconjuntos diferenciados. No hay razas, grupos étnicos o tribus que mantengan rasgos biológicos o genéticos diferentes del resto y lo que es más determinante, no existen razas, grupos étnicos o tribus con distinto desarrollo evolutivo, no existen seres humanos superiores o inferiores. No hay seres humanos más avanzados que el resto desde el punto de vista de la evolución de las especies.

Este hecho es relevante tenerlo presente en el actual momento histórico, en que se desempolvan las ideologías supremacistas del pasado en versiones actualizadas. No existe ningún argumento científico que sustente la idea
de una parte de la Humanidad mejor que la otra desde el punto de vista de nuestra especie como tal.

La genética fue una de las ramas de la biología que aportó las pruebas incontestables de la unidad de la Humanidad. En 2003 concluyó el ‘Proyecto Genoma Humano’ que consiguió identificar la secuencia completa del ADN humano. Para ello se utilizó el ADN de hombres y mujeres de origen afroamericano, chino, asiático, latinoamericano y caucásico. Se han identificado casi 30.000 genes que permiten la formación de entre 250.000 y 300.000 proteínas distintas. Podría afirmarse que nuestro manual de instrucciones genéticas contiene 3.055 millones de letras y cada ser humano comparte con los demás el 99’99% del mismo código genético. Sólo 1250 nucleótidos separan a una persona de otra. No existe por tanto ninguna barrera genética para la reproducción entre dos seres humanos cualquiera. Cuando dos progenitores tienen esa barrera genética, aunque morfológicamente sean muy parecidos, su descendencia es estéril. Esto no ocurre entre los seres humanos actuales, siendo viable reproductivamente (sin que medie otra circunstancia patológica) la descendencia de dos seres humanos tomados al azar entre toda la Humanidad.

Esta unidad se percibe también ante la exposición de agentes patógenos. A igualdad de condiciones inmunológicas y sanitarias, un agente causante de una patología en un individuo cualquiera, puede provocar un efecto similar en otro individuo cualesquiera que sea su procedencia.

La respuesta fisiológica de grupos humanos diferentes adaptada a condiciones ambientales distintas, por ejemplo las condiciones extremas de regiones del norte de Siberia o los desiertos abrasadores del extremo suroccidental africano y la gran variedad de ambientes colonizados por el ser humano entre ambos extremos, no es consecuencia de una adaptación evolutiva, no hay diferencia genética como ha quedado demostrado. En todo caso hay una diferencia epigenética, es decir, los diferentes ambientes dan lugar a expresiones variadas de un mismo genoma.

Por otro lado, cada vez se conoce más acerca de la importancia del ‘microbioma humano’, es decir, la riquísima y variadísima comunidad de microorganismos que habitan dentro de cada persona y que hacen posible una gran plasticidad adaptativa. Hoy ya se define a cada individuo como un ‘holobionte’, es decir, un organismo en cuyo seno conviven multitud de otras especies, bacterias y virus principalmente, estrechamente relacionadas entre sí y con el individuo del que forman parte, siendo consecuencia de dichas relaciones su estado de salud y de adaptación al entorno. No estamos por
tanto ante hechos diferenciales entre humanos atribuibles a las características intrínsecas de cada cual.

Ahora bien, hablar de una sola Humanidad no es hablar de una Humanidad uniforme. Entre los ocho mil millones de seres humanos existe una gran diversidad enriquecedora, que se expresa fundamentalmente mediante una infinita variación de culturas y representaciones. Esta gran diversidad lejos de ser un impedimento para la Humanidad o un motivo de clasificación en escalas de mejores o peores, supone una enorme riqueza y oportunidad para el futuro porque cada cultura contiene las soluciones eficaces para los mismos problemas.

La gran capacidad creativa y adaptativa del ser humano, gracias a su evolución cultural y espiritual, ha proporcionado infinitas respuestas para los problemas que compartimos todos. Podríamos decir que si la Humanidad está caracterizada por un código genético con muchos miles de genes cuya expresión permite la adaptación a un amplio gradiente de circunstancias ambientales, también dispone de un gran acervo cultural definido de innumerables formas y cuyas posibilidades proporcionan una enorme variedad de interpretaciones y respuestas para las circunstancias que
siempre han preocupado a todos los seres humanos. Y una filosofía consolidada en la idea de Unidad como es la de Nueva Acrópolis, no puede sino estar plenamente de acuerdo con que el Homo sapiens constituye una sola Humanidad.