Mª Ángeles Fernández

Jaca, Frómista y san Isidoro de León son las tres iglesias románicas que forman el llamado grupo pire­naico. La primera, Jaca, se comienza en 1054, y en 1063 Ramiro I de Aragón ya celebra un Concilio bajo sus bóvedas. Es la más perfecta catedral románica de España hasta su momento, y sus medidas, 60 por 20 m., con 8 de anchura para la nave central, son ya desusadas. Esta nave se prolonga al oeste en un nártex que sostiene la torre. El portal sur conserva una mag­nífica colección de capiteles.

En el interior llama la atención el alterne de pilares cruciformes con columnas simples, cuando, según el proyecto basilical, deberían haber sido todas del pri­mer tipo. El cambio debió de producirse al desistirse de cubrir con bóveda de piedra, como deseaba Ramiro I. Hasta ese momento, la obra debe corresponder al llamado Primer Maestro de Jaca, y el segundo es el que hace la cúpula sobre el transepto. El cimborrio octogonal va sobre cuatro trompas, y cuatro arcos de cruce central se apoyan a cada lado del octógono, con técnica musulmana. Los ábsides laterales tienen bóve­da de cuarto de esfera y embocadura de medio cañón, sin reposiciones exteriores. Las ventanas se peraltan hacia el interior. La alineación del crucero con las naves corresponde a una técnica proveniente de Lom­bardía. Igual que en san Isidoro, en las partes altas se ha utilizado piedra toba para disminuir el peso.

Planta de la Catedral de Jaca. 

La gran novedad de la cúpula del crucero es inex­plicable en Europa, pero no en España. Su precedente está en la cúpula del mihrab de Córdoba y en la capilla de Villaviciosa. Es, en el siglo X, un anticipo genial de lo gótico. La diferencia de los mozárabes está en cruzar los arcos en medio, en vez de dejar la clave libre. Es en san Millón de la Cogolla donde está el precedente inmediato de la cúpula de Jaca.

No es fácil seguir las etapas de construcción. Pudo hacerse primero el perímetro completo, excepto el pórtico, suspendiéndose las obras al morir Ramiro I y cambiándose el maestro; el nuevo haría los aleros de las naves y acabaría el pórtico. Sin embargo, la unidad decorativa es completa. Se entra en la catedral por la puerta oeste. De los cuatro capiteles existentes, tres son historiados, obser­vándose en uno a unos jóvenes leyendo y en otro a un muchacho rodeado de una serpiente. Lo más llamativo de esta puerta es un extraordinario crismón, del que se tratará en otro apartado de este trabajo.

Los capiteles de Jaca resumen la historia de la escultura románica. Pueden clasificarse en tres  grupos:

a) Los vegetales, derivados del corintio, con bolas y piñas.

b) Los entrelazados, con palmetas, leones, hom­bres desnudos y pájaros enfrentados.

c) Los historiados, entre un follaje obsesionante.

Entre estos últimos cabría destacar el que repre­senta la purificación del alma en los ríos del Paraíso.

Se atribuyen a tres o cuatro maestros. El primero sería el ya nombrado Maestro de Jaca. El segundo sería el maestro Esteban, que trabajaría también en la Puerta de las Platerías de Santiago. El tercero pudo ser el del sepulcro de doña Sancha.

En la nave central hay un capitel enorme, de clara influencia mozárabe en sus hojas cortas. En la nave norte hay una talla que no se volverá a repetir: la transición del capitel vegetal al historiado. Aparece el planteamiento del problema iniciático, en la figura de un joven con alas atado por los tallos que salen de la boca de un león. Abundan las representaciones de lucha alma-mundo, y es casi constante la presencia de la serpiente.

En la escultura, nace en Jaca la primera románica definida por completo. Surgen varios tipos caracterís­ticos. Se emplean gruesos boceles alternando con file­tes, y se organizan las portadas en  la típica forma abocinada por degradación de arcos concéntricos. Se utiliza la basa ática para las columnas, y en las esquinas de los cimacios aparecen cabezas de lobo. Se aumenta la altura de los capiteles corintios con filas de palme­tas, en los frentes de la cabecera aparece por primera vez el capitel doble bajo un solo cimacio, y un nuevo tipo de capitel de antecedente bizantino, el de ramaje entretejido, a través del cual asoman cabezas de hom­bres, aves y lobos.

Los aleros se forman por una cornisa taqueada sobre modillones y canecillos, con metopas intercala­das. En esta zona la fantasía es libérrima. Los capiteles historiados son muy abundantes, pero de muy difícil interpretación.

En el absidiolo sur se crea una auténtica escuela de Jaca, aún no superada: canecillos con toda la temática románica; bestiario completo; hombres danzando con una serpiente entre las piernas; la rosa eterna de los ocho pétalos. Hay una lechuza, y un lobo devora a un hombre.

La decoración es riquísima y sabiamente distribui­da. Hay dos importantes novedades: los modillones de rollos superpuestos escalonados, de los que arrancan los arcos de la cúpula, y que pasan a través de los mozárabes desde Córdoba, y las cornisas corridas, conformadas por dados cúbicos alternantes en dos o tres filas, que reciben el nombre de tacos o billetes y que con el nombre de taqueado jaqués serán corrien­tes en las cornisas de todo el románico. Es posible que proceda del bizantino, de un motivo usado en tiempo de Justiniano.

FRÓMISTA

Frómista es la obra maestra del siglo XI en tierras castellano-leonesas: basílica de tres naves, con cúpula en el crucero, torre polígona] encima y cabecera muy importante. Tiene más de cien, capiteles y trescientos canecillos de variadísima temática.

La iglesia de Frómista pertenece a un monasterio fundado por doña Mayor de Navarra. La total homo­geneidad de su construcción indica que debió ser hecha rápidamente. Es un modelo de organización románica, y su tamaño es la mitad de Jaca.

En la fachada oeste, entre las torres, hay un cuerpo central que culmina con la cruz del Temple. Tiene un portal sencillo, contrafuertes a los lados, y a media altura una fila de billetes. El transepto apenas se acusa.

Exterior, desde la cabecera, de San Martín de Frómista

Los pilares que separan las naves son núcleos de base cuadrada con medias columnas adosadas a los cuatro lados. Directamente de los capiteles arrancan arcos de medio punto, y las tres naves quedan dividi­das en espacios rectangulares por arcos fajones que apoyan en la bóveda. Los ábsides se cubren por un cuarto de esfera, y las zonas rectas a cañón. Sobre los cuatro torales que limitan el cuadrado central se alzan unos muros que se coronan con una cornisa taqueada, y sobre ellas las trompas que dan paso al octógono de la cúpula.

El interior de la iglesia, por su esbeltez, equilibrio de los espacios, sobriedad, todo es expresión del bien­estar espiritual del románico. En los capiteles se ad­vierte la mano del maestro de Jaca. Es importante por su posible simbolismo uno de ellos, de los más arcaicos en su talla, que representa el proceso de construc­ción, con hombres en actitudes de albañilería, figuras enormemente expresivas y realistas.

La parte este del templo está dedicada a las vicisi­tudes del hombre: tentación, caída, combates espiri­tuales, y al oeste el triunfo. El camino espiritual está descrito con gran sutileza. La presencia del león-Cristo es cada vez más frecuente.

En la zona oeste predominan los capiteles vegeta­les. Igual que en Jaca, abundan las serpientes, el alma de la tierra, la incitación al pecado, la prudencia. Como en Jaca también, está Balaam con su burra, probable simbolismo del que no sabe hablar y va a ser enseñado. Hay luchadores, y en el principio de la nave central está el Arbol de la Vida, el Hom, de ascendencia oriental, contrapuesto a la Tentación, que se encuentra en el capitel del lado opuesto.

Es muy importante en Frómista la prolija temática de los canecillos. El tema general consiste en una espera del alma para llegar a la perfección, valiendo como ejemplo de ello una especie de secuencia cine­matográfica realizada con tres cabezas de león: una con la boca cerrada, otra con la boca abierta y la tercera devorando a un hombre. Igual que en Jaca, aparece un camero sacrificial. Aparecen también palomas enfren­tadas, hombres cabalgando leones, y en uno de los capiteles se describe de forma muy original la fábula de la zorra y el cuervo.

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Bóvedas del Panteón Real de la colegiata de San Isidoro de León.

La primera referencia que encontramos sobre san Isidoro de León es de 966. En esta fecha se construye un pequeño monasterio para alojar las reliquias del niño mártir Pelayo, junto a otro dedicado a san Juan Bautista y que data de mediados del IX. Ambas edifi­caciones son arrasadas por Almanzor, y Alfonso V restaura el templo unificándolo bajo la advocación de san Juan y san Pelayo, en barro y arcilla dada la pobreza del momento. Don Ferrando y doña Sancha lo vuelven a reconstruir en piedra, dedican el pórtico a panteón real y llevan los cuerpos de san Isidoro y san Vicente, consagrándose el nuevo templo en 1063. El lugar pasa a ser de gran veneración. A finales del XI, doña Urraca, hija de los anteriores monarcas, constru­ye la iglesia nueva, que decora el Maestro Esteban y remata el arquitecto Pedro Deustamben. La nueva iglesia se consagra en 1149.

San Isidoro comprendía dos partes: una iglesia de tres naves y un pórtico a los pies, de mucha mayor importancia que la propia iglesia. De ésta quedan un muro lateral, el hastial, las huellas del alzado y unos cimientos. Era de sillería, con tres naves altas y estre­chas cubiertas a cañón. Sorprende un tanto la identidad de proporciones y de disposición con los monumentos asturianos del IX, quizá porque estas características las tuviesen las primitivas iglesias de san Juan y San Pelayo.

Detalle de la Bóvedas del Panteón Real de la colegiata de San Isidoro de León.

La distribución de apoyos muestra una estructura similar a la de Jaca. En la primera etapa se organiza el crucero acusado, viéndose también la influencia de Jaca en la cabecera de tres ábsides. Frente al testero de la capilla mayor se tienden grandes arcos de seis lóbulos y se cubren las naves laterales con bóveda de arista entre fajones.

Hay tres novedades en la estructura: sobre los arcos divisorios de las naves se abren una serie de ventanas que iluminan directamente la nave central; ya se han citado los arcos lobulados del crucero y los modillones escalonados mozárabes; y por último el acuse de los brazos del crucero en planta y alzado.

Recorren los muros los taqueados jaqueses, y se advierten tres artistas en la decoración: dos siguen el modelo de Jaca, y el tercero copia a los dos primeros. También hay novedades: las portadas se forman por baquetones sobre columnas, y la puerta se adintela sobre dos grandes repisas. Las arquivoltas llevan cor­nisa de tacos, y entre los baquetones hay palmetas y roleos. Los aleros son variadísimos en cuanto a sus modillones y figurillas de decoración.

Con todo lo dicho, el edificio, salvo el coro, que es del XV, es románico puro, y destaca por sus amplias proporciones, la altura de sus bóvedas, y sobre todo por los capiteles, prolongación de los de Jaca. Muchos repiten el tema vegetal con todas sus formas. Pero son muy importantes los capiteles historiados: luchadores, temas circenses, de acróbatas y monos. Vuelven a aparecer los leones, en dos ocasiones cabalgados por hombres, sin duda los que han llegado a dominar las pasiones. Un alma llevada por los ángeles como pe­queña figurilla asexuada.

Junto al coro es interesante un capitel en el que un personaje sostiene una marmita y un matraz, en clara interpretación alquímica. Hay también una mujer des­nuda entre dos leones, y otra vez leones tragándose a cuatro hombres que miran al espectador, como tratan­do de explicamos el porqué de la escena. Y por último un grifo que lleva en tomo al cuello una serpiente que se muerde la cola, símbolo de la eternidad.

LAS PUERTAS DE JACA Y DE
SAN ISIDORO

El magnífico crismón de las puertas de Jaca apare­ce rodeado por dos leones asimétricos. El del lado alfa tiene bajo sus patas a un hombre arrodillado que a su vez agarra una serpiente. Sobre él se lee: “El león se apiada del que se prosterna a sus pies, y Cristo del que

lo invoca”. En el lado omega aparecen bajo el león un oso y un basilisco, y en la inscripción correspondiente se lee: “El poderoso león aplasta el imperio de la muerte”. Entre los tallos vegetales que representan los ejes del crismón se intercalan ocho margaritas de diez pétalos, menos una, la correspondiente a la P, que tiene once, designación orienta! de las formas eucarísticas.

El crismón de Jaca es de factura fina y minuciosa, de relieve escaso, con figuras serenas; puede ser del primer Maestro de Jaca, autor también de los capiteles y metopas más antiguas, así como de la planta bas1h­cal. Está dedicado a la Trinidad, y los leones dobles simbolizan a Cristo, bueno y terrible, esquema muy sencillo y muy generalizado en la Edad Media.

Saliendo por la puerta sur hay un pequeño atrio con capiteles muy interesantes; uno representa a Balaam con su burra, que tiene cara de asombro muy graciosa, mientras que Balaam no ve al ángel todavía. El otro capitel, la obra maestra de Jaca, es el sacrificio de Isaac, desnudo, el mejor desnudo del románico para muchos autores. Su proporción y maestría en la talla son extraordinarios.

El resto de los capiteles de este pórtico tienen diversa procedencia y estilo. Uno de ellos representa al Rey David acompañado de once músicos sacros. Otro, con la inscripción de “San Sixtus” puede atribuir­se al maestro del sepulcro de doña Sancha, por el tamaño de las manos, el curioso abombamiento de los ojos y ciertos detalles que no aparecen en el resto de las figuras. Los demás capiteles pertenecen a las es­cuelas de León y de Toulouse.

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La colegiata románica de san Isidoro, del siglo XI, se levanta sobre restos de edificaciones muy anterio­res, la última de ellas una iglesia devastada por las razzias de Almanzor. Es muy importante la fachada sur del edificio, con un magnífico zodíaco, tema no muy corriente en las iglesias cristianas. Son figuras quietas, de relieve un tanto aplastado, impasibles, bien mode­lado pelo y ropa con líneas paralelas, en un conven­cionalismo que posteriormente se usará mucho. Al parecer se trata de elementos escultóricos recuperados de templos anteriores, metopas de otra cornisa cuyo primitivo emplazamiento desconocemos. Hay un pa­recido con Jaca en la abundancia de cabello en las figuras y en las serpientes representadas con una abun­dancia obsesiva que evidencia una simbología: en la figura del Capricornio, a los pies del jinete que monta a la cabra; rodeando al Sagitario, envolviendo al Es­corpio, siendo mordida por el León…

El pórtico propiamente dicho se compone de dos arcos torales sencillos, sobre cuatro grandes capiteles que sostienen el magnífico Tímpano del Cordero. Este tímpano representa a Cristo bajo su aspecto sacrificial, el Cordero rodeado por perlas circulares y llevado por ángeles hacia lo alto. Debajo, y manteniendo el tenia de los sacrificios, está el de Abraham, con la mano de Dios deteniéndolo y el carnero enredado en la zarza. Cierran el tímpano dos magníficas figuras de ángeles.

Destaca en este pórtico de san Isidoro la perfección de las proporciones, su extraordinaria elegancia. La organización responde a un plan preconcebido, no a una mera acumulación de elementos en el tiempo.


La otra puerta de san Isidoro, la del Perdón, fue la de los peregrinos. Es obra del Maestro Esteban, uno de los tres que han intervenido en la realización. Arriba se encuentran tres arcos, de pura simbología trinitaria, sobre un voladizo con billetes apoyados sobre caneci­llos. A los lados de la arquivolta se encuentran san Pedro y san Pablo, bajo una fina arcada de palmetas. El tímpano presenta una inscripción en el intradós: “Ascendo ad Patrem Meum et Patrem Vestrum”. Por­que a la izquierda está la Ascensión, Cristo llevado por ángeles, pero no es un Cristo liviano como de costum­bre, sino mucho más pesado, más hombre que Dios.

En el grupo central se encuentran la muerte y el descendimiento, y en el derecho las santas mujeres ante el sepulcro vacío.

El tímpano descansa su peso sobre dos ménsulas decoradas; en una hay un león, en otra un perro. El león nos observa, el perro nos amenaza.

El pórtico de san Isidoro se revela como una obra completamente nueva en disposición y proporciones. Es un núcleo rectangular en planta, distribuido en seis espacios por dos columnas centrales bajas y gruesas, adosado al hastial del templo, y una nave que rodea al núcleo por los lados occidental y norte. Sobre el pór­tico, que comunica una gran impresión de robustez, iba una tribuna hoy desaparecida. Los muros son de sillería caliza, mientras que las bóvedas son de toba ligera, como ya hizo el arquitecto de Ramiro I.

En la obra hay diversos precedentes: bizantinos en los arcos semicirculares peraltados y rebajados, y en las bóvedas de arista, y normandos en los pilares y en los estibos del contorno de la torre. Sin embargo, el todo resulta muy original.

La riqueza de escultura es enorme, sin repetirse nunca, evidenciando una extraordinaria fantasía. Las dos columnas centrales se coronan con dos grandes capiteles tipo corintio. Aparece un relleno vegetal parecido al del Califato. Hay una serie muy rica de capiteles con elementos animales, con las cabecitas del lobo y humanas asomando entre las hojas. Pero la creación más importante es emplear sólo figuras ani­males o humanas como único elemento decorativo. Se emplean parejas de animales adosados, cuyas cabezas ocupan el espacio en que en un capitel clásico se encuentran las volutas. Entre los temas iconográficos se encuentran el Sacrificio de Isaac, Moisés, Daniel, Balaam, Lázaro y una Curación del Leproso.

Las figuras son bajas, macizas, de trazo vigoroso, un modelado muy alto, en el que se advierte copia del natural, gran fuerza de expresión; todo ello da idea de un maestro muy importante, dueño además de una variadísima serie de recursos, entre los que destacan los otonianos y los lombardos.

En la puerta principal, y de un maestro distinto al del Pórtico, hay una serie de esculturas de mármol, de alrededor de 1063. Destacan entre ellas dos de gran tamaño, san Isidoro como obispo y san Pelayo repre­sentado como un joven imberbe de larga melena, ambos sentados de frente en sillas de tijera.

Del riquísimo foco de san Isidoro salen casi todas las fórmulas que después han constituido la riqueza enorme del románico, procedente de Jaca.

Por último, destacamos que el Maestro del Tímpa­no del Cordero muestra una gran complacencia en temas fantásticos y pintorescos: son interesantes unas figuras humanas, con y sin alas, en cuclillas, agarrando con los pies y manos el collarino de un capitel. Evi­dencian un cierto primitivismo, con un punto de burla, un maestro que aunque trate de seguir al de Platerías, tiene por sí mismo una vigorosa personalidad.

SANTIAGO

La Catedral de Santiago nace al amparo de las peregrinaciones. En el período románico se reedifica varias veces, y es imposible decir cómo fueron las iglesias anteriores a la de hoy.

La primera fue de tiempo de Alfonso el Casto, y pudo ser un monumento muy simple, abovedado como los de Oviedo. La segunda, de Alfonso el Magno, pudo ser mozárabe. Después fue reedificada dos veces. La razzia de Almanzor en 997 debió hacer necesaria una gran reparación: la fecha, 1057, consta en dos lugares de la capilla de san Salvador.

El primer factor de la obra es el obispo Diego Peláez. En 1077 están hechos los cimientos de la cabecera, y terminada la girola. Después se advierte una diferencia que indica interrupción, y que debe corresponder a una época en que el obispo cae en desgracia. Así que los lados rectos de la cabecera deben ser posteriores a 1088. Santiago se inspira en monumentos franceses y a la vez inspira a otros en Francia, como Saint Semain de Toulouse, de la escuela de Languedoc.

Catedral de Santiago.

El arquitecto no se conoce seguro, aunque el Codex Calixtinus nombra a Bernardo el Viejo y a un tal Rotberto, del que añade que tenía cincuenta canteros a sus órdenes. Puede ser normando, porque el obispo sentía gran admiración por todo lo procedente de esta. Y en 1109 aparece también un Bernardo el joven. El interés del obispo por lo francés llega al extremo de que es acusado de traición ante Alfonso VI y es la razón de que cayese en desgracia.

La parte final y definitiva se edifica bajo los auspi­cios del obispo Gelmírez, hombre extraordinario.

Constan otras varias fechas en la construcción de Santiago: en 1105 se había completado la capilla ma­yor y parte de los dos brazos del crucero. La puerta de las Platerías tiene en una jamba la fecha de 1103, así que en ese año ya estaba terminada. En 1117 se incen­dia, y en 1128 se termina por completo. Dura su construcción por tanto 53 años.

La planta de la Catedral de Santiago es de cruz latina, de más de 90 m. de longitud por más de 65 m. de crucero. Ambos, nave y crucero, tienen tres naves. La cabecera tiene una gran capilla central rematando la nave mayor, que, en semicírculo con las naves laterales, constituye la girola. En cada brazo del cru­cero hay dos ábsides redondos. Las naves menores rodean el núcleo sin interrumpir su organización a través de los testeros logrando un deambulatorio. Las naves se separan por arcos de medio punto sobre pilares compuestos; los tramos cuadrados cubren con arista, y las naves mayores con cañón. La capilla mayor de la girola cubre con bóveda de lunetes, y las demás con arista.

Es una novedad grande la presencia del triforio sobre las naves laterales y la girola, cubriendo a medio cañón, con lunetes para insertar figuras.

El llamado “pilar de los Profetas”. Jeremías, Daniel, ¡salas y Moisés. Del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela

Los elementos del Pórtico de Platerías son obras maestras. Sin embargo proceden de diferentes puertas y diferentes maestros. Quizá fueran tallistas franceses, pero indudablemente hispanizados.

La puerta en sí ya es una novedad, con dos arcos gemelos. Tiene alero, y encima las ventanas corres­pondientes al triforio, con arcos lobulados y arquivol­tas abocinadas. Se encuentran Moisés, Melquisedec, la Coronación, la Flagelación y el Cireneo. El tipo de apóstol barbudo es muy característico. Y omitimos una variadísima serie de figuras en gracia al espacio de este trabajo.

El Pórtico de la Gloria es hoy la decoración interior de un nártex. En su origen era un conjunto doble, pues también estaba decorada la pared opuesta, destruida inconcebiblemente al construirse lo actual. Su nombre lo recibe porque en el luneto central hay un relieve de la Gloria de Cristo, con los Doce Ancianos Apocalíp­ticos. Consta la fecha, 1226, y el nombre del Maestro Mateo. Hay una extraordinaria perfección y una ele­gancia casi helénica en el detalle. Se realizó en granito y se policromó. No se ha podido averiguar si el Maes­tro Mateo era un provenzal hispanizado o un español que conocía bien la Provenza.

Por recientes excavaciones se ha sabido que el perímetro de la iglesia actual engloba a la segunda, y ésta a su vez engloba a la primera. La tumba de Santiago ha permanecido intacta y en el mismo lugar desde que fue descubierta en el siglo IX.

La iglesia consta de nueve grandes naves engloba­das en tres, con 29 apoyos en la nave mayor, 26 en la del crucero y 8 exentos en el ábside. Se ilumina por 63 vidrieras y se proyectaron 9 torres. 

BIBLIOGRAFÍA

  • Historia del Arte, Pijoán.
  • El Arte y el Hombre, René Huyghe.
  • El Románico Español, Gaya Nuño.
  • El Camino Iniciático de Santiago, J. Pedro Morín. Ars Hispaniae.
  • La Colegiata de San lsidoro de León, Antonio Viñayo.
  • La Arquitectura Medieval, Ernst Adam.
  • Arte Románico en España, Camps Cazorla.