Tania Zaldívar (Honduras)

Teotihuacan fue una de las ciudades más importantes del territorio Mesoamericano. Su nombre es de origen náhuatl: Teōtihuácān “lugar donde los hombres se convierten en dioses”, o “lugar donde fueron hechos dioses; ciudad de los dioses”. Los primeros asentamientos son datados hacia el año 100 a.C., y las primeras construcciones urbanas entre el 100-150 d.C. Su apogeo se dio entre el 200 y el 400 d.C., y su ocaso hacia los años 650-700 d.C. Su influencia fue tal que abarcó desde los alrededores del valle de México hasta el actual territorio de los países de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

Diversas investigaciones han hablado de manera abundante sobre el espacio urbano de Teotihuacán, ya que este refleja una organización simbólica que representa una imagen arquetípica del cosmos; la traza urbana, así como cada edificio comprendido dentro de un complejo de más de 20 km2, fueron construidos con la intención de representar el orden del cosmos.

Los edificios más emblemáticos son las pirámides del Sol y de la Luna; sin embargo, las primeras edificaciones de Teotihuacán fueron el templo de Quetzalcóatl y la Ciudadela. Esta última comprende una extensión de 160.000 m2, y está rodeada por una plataforma cuadrangular con 15 basamentos piramidales; en el centro de la Gran Plaza se levanta el Templo de Quetzalcóatl.

Imagen aérea de la Ciudadela y el Templo de Quetzalcóatl

En 2003 se descubrió que el sistema de drenaje de la ciudadela había sido clausurado con al menos 50 osamentas de individuos que fueron sacrificados, decapitados y desmembrados en una ofrenda de clausura. Lo anterior ocasiona que este complejo arquitectónico se inunde durante el periodo de lluvias formando un espejo de agua de donde surge el templo de Quetzalcóatl. De acuerdo al mito mesoamericano fundacional, en el inicio del tiempo todo era obscuro y silencioso, el cielo y el agua estaban fusionados, entonces la pareja creadora unió sus fuerzas e hizo emerger del mar primigenio la Montaña Sagrada. En ese momento se inicia la cuenta de los años.

Así, el templo de Quetzalcóatl es la representación física de la Montaña Sagrada, y esta idea se acentúa por distintos descubrimientos como el hallazgo de lo que se ha denominado “El inframundo teotihuacano” debajo del mismo templo; este es considerado uno de los 10 más importantes del mundo y consta de un túnel de 103 metros de longitud y 3 metros de altura, ubicado a 15 metros bajo la superficie, y que desemboca en tres cámaras debajo del centro de la pirámide.

Representación gráfica del túnel bajo el Templo de la Serpiente Emplumada

El túnel es una metáfora del inframundo. Este posee su propia geografía sagrada: la entrada principal está al oeste, que es por donde el sol desciende o muere; al interior del túnel los teotihuacanos colocaron en el techo polvo de mineral metálico con pirita y hematita para representar el firmamento; reprodujeron montañas, ríos y lagos que se conectan al mar primigenio; al este, por donde nace el sol, el túnel desemboca en tres cámaras que en conjunto forman una cruz o quincunce, símbolo que representa el movimiento, los cuatro rumbos, el equilibrio y de cuyo interior surge un quinto elemento unificador, la quinta dirección Quetzal-Coatl, en este caso el Eje del Cosmos o el axis mundi.

En la cosmovisión mesoamericana el mundo es dual y coexiste en una oposición binaria de elementos complementarios, presentes en todas las cosas en distintas proporciones; así tenemos los opuestos femenino-masculino, día-noche, sol-luna, vida-muerte. Esta dualidad se ve representada en el malinalli; figura de dos cuerdas en torzal, una cuerda es un chorro de agua ascendente, la otra hecha de fuego que desciende del cielo; juntas simbolizan la guerra, y ésta -a su vez- el dinamismo del cosmos, el eje que conecta el inframundo con el cielo, lo visible con lo invisible.

Otra manera de representar el Eje del Cosmos es el Árbol Florido que surge del Monte Sagrado que, en palabras del historiador Alfredo López Austin, actúa como repositorio:

Símbolo de Malinalli

“En el interior del Monte Sagrado se guardan todas las riquezas: el agua brota de él… ya como corrientes subterráneas que dan origen a manantiales, arroyos, ríos o que desembocan para formar el mar. La gran cavidad es el paraíso del señor de la lluvia donde se encuentran siempre verdes las plantas de todas las especies. Son semillas-corazones, entes germinales listos para salir al mundo”(( López, 2015: 48.)).

No sorprende que en el interior del túnel se encontraran 15.000 semillas de diferentes plantas y flores de calabaza, y mucho menos que sea precisamente debajo del Templo de Quetzalcóatl, debido a que es él quien ofrece el grano de maíz a los humanos. De acuerdo a la Leyenda de los Soles, escrita en 1558, los hombres no tenían que comer, por lo que Quetzalcóatl convertido en hormiga acude al Tonacatépetl o Montaña de los Mantenimientos, donde el maíz era escondido por los tlaloques, ayudantes de Tláloc, el dios de la lluvia ((Matos, 2018: 32)).

El binomio Quetzalcóatl en su forma Ehécatl, dios del viento en conjunción con Tláloc, está aún presente en el imaginario de los pueblos originarios del centro de México; el viento prepara el camino para la llegada de los tlaloques o las primeras lluvias que harán posible la fertilidad de la tierra y el mantenimiento del género humano. Los nahuas de la zona de Teotihuacán se refieren a Tláloc como “aquél del que brotan todos los sustentos”, y en algunos grupos de la familia otopame ((Los pueblos otopames son los grandes herederos de las culturas mesoamericanas que se desarrollaron en el Altiplano Central de México y que aún mantienen sus tradiciones vivas)), hay relatos de la conjugación de la serpiente de viento que barre el camino para el dios de la lluvia.

El Monte Sagrado en Olla de Nochiztlan, pieza mixteca de Oaxaca. Del inframundo surgen todos los mantenimientos en forma de árbol.

Sergio Gómez Chávez relata en una entrevista que se tuvieron que remover más de mil toneladas de piedra y tierra del túnel clausurado hace más de mil ochocientos años; todo para encontrar cerca de setenta y cinco mil objetos de diversos materiales, entre los que sobresalen caracolas de 50 cm de longitud, piezas de jade verde de origen maya, semillas, insectos, esferas de mineral metálico, pelotas de hule, etc. Pero -sin lugar a dudas- uno de los hallazgos más importantes fue haber encontrado mercurio líquido, un metal de difícil extracción y poco común en el México Antiguo. Este se ha encontrado en pequeñas cantidades en algunos sitios mayas de Centroamérica pero nunca antes en México y no en esta proporción. Su presencia sugiere el empleo de este metal con fines rituales y simbólicos, como representación del agua sagrada ((Entrevista personal a Sergio Gómez, director del proyecto Tlalocan, como se ha denominado a la investigación del túnel bajo el Templo de Quetzalcóatl)).

Las pelotas de hule encontradas en las ofrendas dentro del conducto demuestra la hipótesis que una parte de la Gran Plaza fue usada como cancha para el Teotlachco ‘juego de pelota divino’, es decir, la escenificación del juego de pelota de manera ritual (( Hipótesis planteada por Gómez y Gassola en 2015)). Anteriormente no se habían encontrado vestigios de canchas para el juego de pelota en Teotihuacán, hecho controvertido por las distintas alusiones al mismo en los murales del sitio arqueológico. En el Popol Vuh se narra que los gemelos -tras haber molestado a los señores del inframundo- son llamados a jugar en una cancha a las afueras del inframundo donde son decapitados al igual que su padre. La cabeza de este es colocada sobre una planta, que después escupirá en la mano de una diosa, y ella dará a luz a los gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, trayéndolos de vuelta al mundo terrenal, solo para buscar a su padre y enfrentarse a los señores del inframundo en un juego nuevamente. La relación muerte-vida de este relato sintetiza la idea de que el inframundo es el espacio de gestación a nueva vida.

Finalmente, en una ofrenda que precedía a las cámaras se hallaron cinco figuras antropomorfas (tres femeninas, una masculina y una más incompleta, posiblemente femenina), todas labradas en piedra verde y colocadas de pie con una gran cantidad de espejos de pirita y piezas de jade; esto ha hecho suponer a los especialistas que dichos objetos eran portados en bultos por las estatuas, debido a que recuerdan la Tira de Peregrinación contenida en el Códice Boturini ((El códice Boturini fue elaborado en el siglo XVI en escritura mexica, la temática principal es la peregrinación mexica al Centro de México)), que narra la migración de los mexicas desde la mítica ciudad de Aztlán hasta Tenochtitlán, en dónde se observa a los sacerdotes-chamanes y portadores de los dioses, en náhuatl teomamas, cargando los bultos con los objetos sagrados, que les permitían establecer el lugar propicio para el nuevo asentamiento. Aún quedan muchas interrogantes al respecto, ¿estas estatuas representaban a estos sacerdotes-guías?, ¿pueden ser los cuatro portadores colocados en las esquinas del mundo para sostener el cielo cuando el monstruo terrestre cipactli fue convertido en la tierra habitable?, o ¿simplemente son las representaciones de los antepasados del pueblo teotihuacano?

El hecho es que este descubrimiento permite constatar lo que narraban algunos escritos sobre el inframundo: contiene su propia geografía sagrada; en él se depositan las semillas-corazones destruidos por el tiempo y que esperan su turno dentro del Monte Sagrado para poder derramarse nuevamente en la superficie terrestre a través del Eje Cósmico, que es el conducto invisible que conecta el inframundo con el cielo. Así, el Templo de La Serpiente Emplumada representa la Primera Montaña, la que emerge del mar primigenio; y el juego de pelota es el espacio del sacrificio o sacro oficio, de purificación antes de la entrada de la cueva, el lugar donde por una parte descansan los restos materiales pero que a su vez son el retorno a la cueva sagrada, al centro, el equilibrio y el origen. Este es el ciclo continuo del tiempo, la eterna promesa de la vida a través de la muerte.

Bibliografía

Florescano, Enrique. Memoria mexicana, Editorial Taurus, 2001, Colombia.
Gómez, Sergio y Gassola, Julie. “Una probable cancha de juego de pelota en la Ciudadela, Teotihuacán”, en Anales de Antropología, nº 49-1, 2015, México.
Góméz, Sergio. Entrevista directa, julio 2016.
López Austin, Alfredo. Las razones del mito: La cosmovisión mesoamericana, Ediciones Era, 2015, México.
Magaloni Diana. “Pirámides representan mito prehispánico fundacional”, en ciclo de conferencias de Seis Ciudades Antiguas de Mesoamérica, Mayo 2011, México.
Matos Moctezuma, Eduardo. “Festividades practicadas del lado de Tláloc”, en Arqueología Mexicana, edición especial núm. 81, pp. 32-33. 2018, México.
Márquez Pulido. Ulises Bernardino, “El imaginario Teotihuacano: el espacio urbano como espacio simbólico, en Acta Sociológica, núm. 58, mayo-agosto 2012, México.
Morante, Rubén. “El universo mesoamericano. Conceptos integradores”, en Decatos, nº 5, 2000, México.