Maria Ángeles Fernández (España)

Los Herméticos hemos ido a la tierra madre griega. A Atenas. A celebrar como lo merece el XXV Aniversario del nacimiento de nuestro Instituto. A llenarnos una vez más los ojos de la inmensa belleza del país de los olímpicos.

El primer día, 10 de septiembre, fuimos (no podía ser de otra manera) al museo arqueológico. Los ojos y el alma abiertos para absorber la maravilla del Zeus, o quizá Poseidón, rayo o tridente en la poderosa mano, dominador en medio de la sala.

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El joven jinete que hace volar su caballo de bronce en un salto  inacabable, quizá hacia las estrellas. Las figuras  cicládicas, tan  extrañamente modernas en su simplicidad de líneas. Los tesoros de  Agamenón, que nos hacen soñar  con héroes muertos en guerras  ganadas y perdidas, las espadas enormes y brillantes, la máscara en  su rictus  eterno de grandeza. Los restos, apenas unos trozos de  zócalo del trono de Tirinto: reyes poderosos dominaron un  mundo  perdido desde ese trono perdido también, pero tan fácil de imaginar  en todo su poderío…

Cerramos la visita ante una herma. La cabeza del dios nos observa  benevolente mientras todos, en torno a él, lo  saludamos con la  promesa de seguir trabajando y aprendiendo cada día a su lado.

También el cuerpo demanda algún aporte, no sólo el espíritu. Y un acogedor restaurante nos ofrece una increíble  cantidad y variedad de sus platos típicos. Con ellos, la charla amiga con los que nos reencontramos un año tras otro.

Por la tarde subimos a la Colina de las Musas. De camino, como no puede ser menos en esta tierra, cosas preciosas  en las que fijar la atención: los restos de un templo de Pan y de una fuente sagrada, medio ocultos por el verdor de una pequeña ladera.

La ascensión a la Colina es larga, a trechos por tierra y piedras, a trechos por unas losas a modo de escalinata que en su tiempo lo fue, pulidas por los siglos como el más delicado mármol. Y arriba, el monumento a las Musas, obra de Filopappos, en gran parte derruido, pero aún con esa grandeza que emana de todas estas obras antiquísimas. Las pocas figuras que quedan no tienen cabeza, pero imaginamos la belleza de su rostro. La belleza que no imaginamos, sino que vemos, es la de la puesta de sol enfrente, sobre el mar, el mar de los héroes, el mar de las naves de Teseo. El mar de los sueños.

Y si nos giramos, si damos la espalda a la ya extinta puesta de sol, vemos la colina de la Acrópolis. A duras penas encontramos el momento de regresar a las calles y a los coches. A nuestro siglo.

Segundo día. Temprano -que hay mucho que ver- nos dirigimos a la Acrópolis, ayer vista en la lejanía y hoy al alcance de nuestra vivencia. La recorremos con reverencia, imaginando a los atenienses del siglo de Pericles caminando por donde nosotros. Fernando nos muestra además el auténtico camino por el que los sacerdotes accedían al recinto. Que no es por donde entramos los turistas, sino por detrás. Un largo sendero que asciende y desemboca en los templos. Lo recorremos, a la inversa, con veneración, por las losas resbaladizas y milenarias.

Después, las joyas custodiadas en el museo de la Acrópolis, las figuras que nos contemplan, los kuroi con su sonrisa acogedora. Atenea con su capa de serpientes.

El altar de la casa de Proclo, donde -en una mesa sacrificial- se recoge                                                                     el encuentro del muerto con los filósofos, en lo que será ya un coloquio eterno.

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Las cariátides, de sobrecogedora belleza, con la magnífica trenza a sus  espaldas. A continuación vemos un vídeo con la historia de la  Acrópolis, su construcción, sus muchas destrucciones que nos hablan  de la barbarie del ser humano, de su indiferencia por la belleza, de su  ensañamiento con todo lo que es hermoso y no pueden comprender.  Vemos también una exposición sobre Samotracia, cuya sin igual  Victoria Alada tuvimos oportunidad de contemplar en el Louvre. Hay  armas, vasijas bellísimas, joyas, pequeñas figuritas encantadoras.

Tras la comida, y para aprovechar las primeras horas de la tarde, un auténtico regalo: el sitio de la Academia de Platón. Es un parque grande, arbolado, también en parte árido. Restos de paramentos, de lo que fueron edificios, desperdigados por aquí y por allá.

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No hay mucho que ver, pero tampoco nos hace falta: con las  explicaciones de Sabbas (miembro de Atenas)  y nuestra  imaginación, vemos al gran filósofo paseando seguido de sus  discípulos, hablando con ellos,  sentándose a la sombra de  otros árboles iguales a éstos, haciéndoles partícipes de sus  Diálogos. Aquí  debieron nacer. Este aire llevó sus palabras.  Aguzamos el oído: quizá algunas han hecho nido entre las  piedras. Quizá quedan sus vibraciones.

Sábado, tercer día, qué deprisa transcurren. Hoy vamos a la Escuela y, tras un breve recorrido, pasamos  luego a una sala donde Fernando S. inaugura el curso y presenta a los ponentes, que van exponiendo sus  disertaciones sobre distintos aspectos de Proclo. Muy diversos puntos de vista y todos por igual muy  interesantes. Muchas cosas que interiorizar.

Continuamos por la tarde. Y al caer la noche, con asistencia del resto de los Institutos que también están allí reunidos, hay brindis y abrazos. Es la hermandad filosófica, tan hermosa, que continúa en la espléndida cena que nos ofrecen nuestros hermanos atenienses.

El domingo por la mañana, reunión organizativa. Muchas ideas. Pero eso, como se dice… es otra historia.

La historia de tres días felices y plenos que recordaremos cada uno en nuestro país. Hasta el próximo viaje hermético.