Jean-Marc Baché

La famosa Paz Romana, pax romana, se asocia al reinado del emperador Augusto. Él quiso simbolizarla en un monumento de mármol donde la fuerza de las virtudes romanas fuese explicada con la gracia de las formas helenísticas: el Ara Pacis Augustae, el Altar de la Paz Augusta. Es entre los años 13 y 9 a.C. que el emperador Augusto construye un complejo simbólico monumental cerca del Tíber. Ese complejo está constituido por su tumba, un reloj solar y un altar religioso dedicado a la Paz, el Ara Pacis.

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Entrada del Ara Pacis


Un complejo celeste

Al lado de su tumba, donde las placas de bronce reaniman la memoria de sus acciones, el nomon (aguja) del reloj solar, un obelisco trasportado de Egipto después de la batalla de Actium, constituía el centro de un verdadero reloj celeste. Este obelisco, (actualmente en la Plaza Montecitorio), dominaba un lugar donde los símbolos y las letras de bronce engarzadas en las losas marcaban los meses, los signos del zodíaco, y el aumento y la disminución de los días. Además, la sombra proyectada por el obelisco la tarde del 23 de septiembre, el día del aniversario de Augusto, indicaba el eje de la entrada al Altar de la Paz.

Como monumento de todas las paradojas, el Ara Pacis tiene varias interpretaciones. Se consagró en el año 9 a.C., después de las campañas militares en la Galia e Hispania, y se erigió en un lugar simbólico, el Campo de Marte (Dios de la Guerra), el sitio mismo donde se practicaban los entrenamientos militares.

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Otra vista del Ara Pacis

El altar está siempre visible cerca del lugar donde fue descubierto y conservado en gran parte. Se presenta como un monumento abierto al cielo, compuesto de un recinto con forma cuadrangular, con dos aberturas, una al frente y otra atrás. En el centro se encuentra un altar de sacrificio al cual se accede por tres caminos. El conjunto también está orientado de Este a Oeste.

Un espacio sagrado

El recinto del altar busca, principalmente, restituir en la piedra la imagen del recinto de sacrificio primitivo de los romanos: en el interior, planchas, cortinas, bucaranes, coronas vegetales y páteras de libaciones; al exterior, piadosos o pilastras en ángulos, empalizadas cubiertas de vegetación en el registro inferior y de historias pintadas en el registro superior. En la Roma arcaica, el espacio sagrado delimitado por el recinto es la materialización sobre la tierra de un espacio invisible donde se manifiesta la voluntad de los dioses. Es una porción del cielo (templum) donde los augurios buscan los signos de la voluntad de los dioses.

El recinto no es solamente una imagen terrestre del cielo, un lugar sagrado ritualmente definido y separado del espacio profano, sino también es principalmente el arquetipo del marco formal de toda la acción humana: el derecho de los hombres, la libertad de acción, el libre albedrío; la justicia no puede nacer sino dentro del marco del respeto a las leyes invisibles. Así se definían para un romano sus deberes con relación a la Naturaleza, a los ancestros y ciertamente a Roma.

El altar recuerda que el modelo de toda acción es la acción sagrada por excelencia, aquella que se vuelve sagrada, se hace sagrada (sacer facere), es decir, etimológicamente, el sacrificio. En conformidad con el orden cósmico (el rta indo-europeo; el ritus latín), es acción ritual. La acción sagrada, conforme a las leyes, es
la meditación activa que mantiene en servicio permanente la paz con los dioses y, por consiguiente, entre los hombres.

Según el enfoque romano, la Paz es de origen celeste. Ella nace de un pacto armonioso entre los dioses y los hombres, de una relación de continuidad entre las leyes invisibles del universo y su observación (cumplimiento) en la tierra. La pax romana es una pax deorum, un pacto con los dioses, una paz interior antes de ser paz exterior. Así, la Paz se vuelve posible por medio de la obediencia a las leyes invisibles de la Naturaleza, manifestadas a través de las intervenciones de los dioses en el mundo.

Vigilancia, virtud de Marte

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La Tierra Tellus como fuente de abundancia

El registro histor iado de la muralla exterior presenta seis cuadros con temas escogidos por Augusto, evocando los orígenes míticos e históricos de Roma y de la familia julioclaudina: Roma con casco; Eneas haciendo sacrificio a los lares; la Tierra Tellus como fuente de abundancia; Rómulo y Remo; dos procesiones religiosas evocando la familia de
Augusto y el colegio de padres.

El significado de esta ornamentación se aclara con el estudio de dos cualidades que son las virtudes de referencia de Roma: la Vigilancia y la Piedad.

La primera, la Vigilancia, es la cualidad marcial por excelencia como lo expresa el primer cuadro representando a Roma con casco. La Vigilancia se considera en Roma como el resultado de una maestría del ser gracias al entrenamiento militar y, ante todo, es el fruto de un combate interior. Así llegamos a la paradoja, típicamente romana pero seguramente universal, que la paz no se gana sino pagando el precio de un estado de guerra interior, paradoja expresada por la frase: Si vis pacem para bellum (Si quieres la paz, prepárate para la guerra), objeto profundo de meditación por todos aquellos que aspiran realmente a la paz. De esta forma, la edificación del Altar de la Paz en el mismo lugar donde se entrenan los guerreros romanos, el Campo de Marte, adquiere entonces un significado completo.

Piedad

La necesidad de la segunda virtud, la pietas o piedad romana, esa disponibilidad interior, es acentuada de forma precisa por la existencia de un altar vecino, el ara pietatis, y por la presencia de la fachada del Ara Pacis del segundo relieve, aquel de Eneas haciendo sacrificio a los lares, el cual simboliza la Piedad misma a los ojos de los romanos. Esta disponibilidad intencionada hacia los dioses, los ancestros, los padres, presupone no llenarse de sí mismo. Ella representa ese espacio vacío, pero delimitado, que está listo a recibir la voz de los dioses.

Para desarrollar estas virtudes, la educación romana privilegiaba en el infante el sentido de colectividad en relación a la aspiración individual, que sin ser rechazada debía estarle subordinada. Se enseñaba el nombre oculto de Roma, Amor, de hecho, el amor fati, el respeto amoroso del destino histórico de Roma que asignaba un lugar a Roma en el universo, abriéndose todo a lo universal. Esta noción se muestra a través de la representación simbólica de Roma con casco y por los gemelos Rómulo y Remo con la loba sobre el Ara Pacis .

El romano en posesión de sólidas cualidades terrestres no busca una paz teórica, sino los efectos prácticos, sensibles para la población: en una palabra, la Paz se traduce en la abundancia, la Naturaleza rica y viviente que de su seno nutre a los hombres: tal es el sentido de la alegoría que constituye el tercer cuadro con Tellus-Abundancia. Si la paz exterior es abundancia, lo que lleva esa abundancia es etimológicamente aquello que aumenta las riquezas, augustus, sobrenombre también escogido por Octavio en el momento de su ascensión al principado.

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Procesión religiosa evocando la familia de Augusto y el colegio de padres

Si esta obra exalta igualmente a Augusto y su familia, como lo muestran los dos últimos cuadros, no se desliga de un significado universal. Ella nos recuerda que sin memoria colectiva no existe el devenir individual, sin el imaginarse construir no existe acción colectiva durable, sin el estado de guerra interior no existe la paz exterior, y en fin, que toda abundancia no es más que la consecuencia de la Paz y no su preámbulo.